28 agosto, 2010

Error tres.

Sale un coche de un garaje, las llantas sobre la calle giran veloces y andan resecas sonando despacio. El coche se estaciona y me bajo, olvido dos cosas elementales, los lunes no circula el coche. Nota para mi mismo: pon el seguro. Error uno.
Hace meses que una persona llama y hace preguntas, a veces obtiene respuestas, otras veces le colgamos. A veces finge ser alguien conocido o un familiar. Poco a poco nos conoce, nosotros, no lo relacionamos a nada extraño, pasa siempre y a todos. En la ciudad de México, es de lo más común. Pensar eso; Error dos.

Un coche que se nos hace conocido porque pensamos que es de un vecino, lo vemos mucho por ahí, a veces de un lado, a veces del otro. Ese coche recopilaba nuestros horarios, nuestras rutinas, nuestras manías de barrer la calle dos veces. Ese coche, frente a nuestra casa, es el Error tres.

. . .

Me siguieron hasta donde estacioné el coche, cerca de la escuela. Cuando terminan mis clases, salgo y el coche no está.

-¿No lo dejé aquí?- digo en voz alta y pregunto, porque me puede pasar cualquier día, eso de dudar dónde está el coche, ¿traigo las llaves en la bolsa del pantalón?. Sí lo traje. Camino un poco hacia una esquina y en el centro de la calle le pregunto a la señora que cuida los coches.
-No sé, se lo dejaste al otro señor, siempre te digo que él no los cuida...- cierra los ojos en manera de desaprobación y se voltea lejos de mi.
-¡Puta madre, ¿dónde está el cabrón?!- ya con todo el permiso de estar preocupado. Para colmo no traigo dinero y no tengo crédito en el celular. Me encuentro de frente a un compañero y le pido hacer una llamada, marco al celular de mi papá, pero no me contesta -Que raro- pienso, comienzo a marcar a mi casa y en eso mi celular comienza a sonar. Contesto y mi padre me dice que pasa por mi, que ya pronto llega... Y en ese momento caí en la cuenta -¡Es lunes! no circula el coche- ahora todo tenía sentido, se lo llevo la grúa. Cuando el franelero lo movió para estacionarlo, pasó una patrulla, lo paró, le habló a una grúa y se lo llevó.
-¡Pero, ¿dónde está el estúpido franelero?!- digo intranquilo y triste porque sólo tenemos dos coches y odio hacer a mis papás pagar gastos inesperados.

Mi papá llega y me subo al coche echando pestes.
-¡¿Qué te pasa?, en frente de mi no hablas así, ya lo sabes!-. Si hay algo que molesta a mi papá son las groserías, así que me callo y le digo que me fue mal en un examen y que acababa de salir. No quise decirle lo del coche, en ese momento porque no quería contar la historia dos veces, una a mi papá ahí y una a mi hermana en la casa. No hablé en el camino. Había tráfico y llovía, pero no tardamos tanto en llegar.
Ya dentro de la casa, en la que sólo vivimos nosotros tres, les digo que se lo ha llevado la grúa porque lo dejé mal estacionado, porque tenía prisa, porque tenía clase y a parte... No había encontrado al tipo al que le dejá las llaves, así que, no tenía ni llaves. Surgieron los reclamos clásicos; "por qué no saliste temprano, por qué no organizas tu tiempos, por qué no lo metes al estacionamiento, por qué no te esperaste, por qué, por qué". Ya después de un rato de hablar, nos dispusimos a buscar en internét en qué corralón estaba apostado el coche. Justo en ese momento sonó el timbre, mi hermana ya estaba por dormirse y nosotros estabamos en la computadora.

-¿Quién será?- dice mi padre sin dejar de ver la pantalla. Yo me levanto de la silla y me asomo por la ventana de un cuarto en el segundo piso, -Son dos policías...- digo y camino hacia a fuera del cuarto, en un instante posterior oigo que abren la puerta y la reja de la casa, vuelvo corriendo a la ventana porque no oí moverse a mi papá, ni a mi hermana. Para mi sorpresa y con nerviosismo veo que un tipo está hablando con ellos, me volteó rapidísimo y le digo a mi papá -Alguien más abrió-.

Mi papá corre al cuarto donde estaba mi hermana, le dice que se quede ahí y al salir pone el seguro a la puerta y la cierra. Yo estaba parado junto a la escalera viendo lo que hacía mi papá. Bajamos juntos, yo delante, cuando llegamos hasta abajo, al pasar por la cocina, le digo que espere, me acerco a una gaveta, abro un cajón y saco un cuchillo de deshuesar, de esos de los que tienen el mango más grande que la hoja, lo meto entre mi bóxer y mi piel y nos acercamos a la puerta, la luz está apagada.

Somos sigilosos y estamos atentos a lo que dicen, la puerta está cerrada, pero estoy seguro de que quien haya salido tiene llave porque la abrió desde adentro, lo oí. Lo primero que pienso es ponerle llave, cosa que lo retendría en la puerta por unos segundos ¿y luego?... Sigo pensando y; como abrió la puerta, estaba adentro, pero ¿dónde?, ¿cómo nadie lo vio?, ¿a qué hora entró?.

Mientras cavilo todo, volteo para todos lados buscando a un segundo o algo que no estuviera en su lugar en la sala, luego en la cocina, en el comedor pero todo me parece en orden. Mi papá está pensando cosas también, se voltea y me dice -El que sorprende gana. Escóndete y ataca cuando esté desprevenido- dice en tono decidido. -¿Y tú qué?- pregunto y me responde rápido -Yo me quedo aquí parado, cuando tenga toda su atención, vas.- Asiento con la cabeza y me pongo detrás del sillón, en un lugar imposible que me viera desde la entrada.

Mi papá se quedó ahí parado, justo como dijo. De pronto el policía y el hombre afuera dejaron de hablar y el que estaba dentro de mi casa se dispuso a entrar, caminó subiendo los dos escalones antes de la puerta e introdujo la llave. Comienza a girarla, la puerta se abre, el hombre ve a mi padre, sonríe y cierra la puerta detrás de él. Era más alto, traía una barba singularmente tupida, tenía guantes en las manos y vestía perfectamente común, sinceramente nada lo hacía resaltar, de hecho, en la calle, el bastardo, hubiera sido prácticamente invisible.

Camina unos pasos, no dice nada. Estaba a un palmo de mi padre pero ya me había pasado, es decir, el sillón y yo estábamos a sus espaldas. Sin hacer un ruido me levanto, muevo mi mano a mi espalda para tomar el cuchillo, siento el mango de madera en mi mano, rasposa y seca, siento el metal caliente por haber estado en contacto con mi piel.


Sin pensarlo un segundo, paso el brazo izquierdo sobre su cuello y lo tomo con fuerza. Con la mano derecha pongo el cuchillo transversal a su tráquea, justo abajo de su barbilla y lo comienzo a mover hacia su izquierda, no lo he cortado, pero muevo el cuchillo pegado a su piel, para que sienta que está sometido.

De pronto el tipo hace un movimiento muy brusco, buscando safarse, yo intento mantener el control y encajo el cuchillo en su cuello, sin más y entra limpio. Limpio. Siento la sangre hirviendo sobre mi mano, me quema. Oigo como respira con dificultad y tose escupiendo más sangre y de pronto todo es rojo. Toda la hoja del cuchillo esta dentro de su cuello y mi mano lo presiona aún, el hombre sigue respirando con dificultad, sus dos manos sobre mi brazo izquierdo. Sale sangre a chorros, caliente, roja y metálica. Todo ahí, en la obscuridad, el olor herrumbroso, la viscosidad, el calor. Se dejaba caer y me hinco, él en mis brazos aún, con el cuchillo encajado en la garganta y mi mano sosteniéndolo. No sé que pasaría por su mente, tenía los ojos muy abiertos, estaba sangrando hasta morir y él lo sabía. Yo lo sabía. Su vida se iba a borbotones escarlata, yo le había arrebatado la vida.

No estaba pensando nada, nada pasaba por mi mente y a la vez, lo único que sabía era que nada le iba a pasar a mi padre, ni a mi hermana. Yo tenía que hacerlo, era su sangre o la mía.


Me levanté dejándolo tirado pero todavía vivo. El me volteó a ver y sonrió de nuevo, tenía los ojos claros, cada vez más claros, cada vez más claros... Poco a poco, se opacaron y yo tenía compulsión por su sangre pero a la vez algo ardía dentro de mí. -Le quité la vida- y eso, daba vueltas en mi cabeza, en mi cuerpo, en la habitación, en la casa, en el mundo entero. Todo tenía sentido para mí y el sentimiento me asustó porque nunca sentí tanta adrenalina, nunca me sentí tan poderoso, nunca tan fuerte, nunca tan divino. Tenía tanta furia y la sangre era tan cálida. Tenía tanto odio como miedo y eso lo hizo mejor, porque al morir él, sentí una paz tremenda, hasta que me di cuenta de lo que había pasado -maté a alguien-.

. . .


Sangre, sangre, sangre, sangre. Gotas, charcos, huellas. Sirenas, gritos, luces.


Más tarde, ese día, cuando el Ministerio hacía las averiguaciones previas, encontraron nuestro coche cerca de la casa, estacionado al lado de un parque. Dentro no había más que unos cigarros Raleigh y un papel que decía con caligrafía hermosa algo que nunca entendimos porque estaba en otro idioma.

Se pudo comprobar que el de cuius había robado el coche, había marcado a la casa para recabar información y que tenía una libreta con nuestras actividades. No se pudo comprobar que utilicé fuerza excesiva, primero porque no tenía la intención de matarlo y todo pasó en una riña, defendiendo mi seguridad, mi casa, mi vida, la de mi familia, aparte de que nunca encontraron al cadáver, sólo litros y litros de sangre coagulada sobre la alfombra de mi casa. Así me lavaron el cerebro. Así me convencieron de que hice lo correcto y lo que pasa, es que ellos no huelen a muerte como ahora huelo yo. Y lo que pasa, es que ellos no viven la muerte cada instante de su vida y, lo que pasa, es que ellos no tienen que vivir por dos; por mi mismo y por el maldito bastardo que entro a mi casa.


. . .


Mi papá me levantó del piso, yo estaba observando como si fuera una muestra artística y no por admiración sino por repulsión y odio. Mi padre me tomó en sus brazos y me dijo que ya había pasado todo. Subimos dejándolo tirado y muerto, me metí a la regadera con todo y ropa. El agua hirviendo sobre mi piel sin tacto, sin dolor. Para mí era obvio que se había perdido algo más que la vida del intruso. Mi padre se ocupó del cuerpo de algún modo, no sé que hizo a ciencia cierta, algo oí de que arregló enterrarlo, con certificados falsos, en una fosa común y sin ser reconocido, como si hubiera sido un vagabundo, como si no hubiera existido.


Para mí, era obvio que se había perdido algo más que la vida del intruso.



-Si no fue por la muerte nunca sería la poesía en la vida.- O. Paz.

El comedor está en llamas.

-Y no es lo único, en llamas.- pienso. Aún así es imponente, por las llamas, se quedan quietas de repente y ¡que calor tan rico!.
Mis manos están calientísimas, pronto empezará a hervir la sangre, la siento y me emociona porque no es el calor lo que me enciende esta vez. Ésta vez, no sé qué es.
Mis pies están brincoteando por aquí y por allá. Hacemos el mismo baile y las llamas se alebrestan pero bailan contentas. Siento fuego en mis pies, bajo mis pies. ¡Es fuego!.
Mis ojos están abiertísimos y pierden su color, es mucha la luz. Veo flashes al parpadear, veo sombras al voltear y es perfecto. Es perfecto.
Miles de olores, entre hierbas y maderas, también hay perfumes florales y rastros antojablísimos de humo con especias y -¡que calor tan rico!- pienso y repito -¡que calor tan rico!.
. . .
"No juegues con fuego que te vas a quemar".
-No estoy jugando yo, él juega conmigo. Y sí, me voy a quemar.-
Como todos.