01 abril, 2011

Carretera

-Mi hija es una mujer que vale la pena, Caro. Te digo, lo que pasa, es que el muchacho con el que sale no da el ancho... Ella tendrá que verlo algún día.-


-Pues si, no te preocupes Dulce, las cosas pasan por algo, además, ni que Sadi fuera a casarse con él.-


-¡No mujer, ni lo digas!- Dulce, mi mamá, muy seria, replica sin perder tiempo y su amiga Caro, que rie por lo bajo y le palmea la espalda.


. . .


Yo como mujer sé que hay cosas que no se aceptan aún ahora pero, sinceramente, hay reglas que estoy dispuesta a romper. Marco no es el hombre más brillante pero tiene cualidades que mis padres no pueden comprender y yo, yo soy igual que él.


-¿No te gustaría estar muy lejos de aquí, Sadi?- me dice Marco, con un tono de seguridad.


-Tan lejos como quieras pero cerca de ti- respondo, tomo su mano y la pongo sobre mi pecho para que apropósito sienta mi corazón latir. Él toma mi mano, la mete bajo su playera y la pone sobre su corazón. Lo siento latir al rojo vivo en toda mi palma.


-Vámonos hoy- le susurro al oído y lo recorren miles de escalofríos. Y comienzo a jugar con sus chinos, los tomo y los jalo, como si tuvieran la intención de ya no ser chinos. Él me hace sentir contenta, me alegra el corazón.


-Hoy, ¿así de pronto?- me contesta y se rie hasta que nota que ahora quien habla en serio soy yo. No le digo nada pero me siento segura, quiero irme a cualquier lugar donde nadie nos conozca. Un lugar donde seamos libres de ser uno para el otro. Marco se queda callado y asiente con la cabeza, no piensa en nada lo sé. Mete la mano en su pantalón y me da las llaves de su camioneta, una Jeep negra. Yo en ese momento no sabía que también me estaba entregando las llaves de su destino.


-Vámonos, a ver si muy brava- me dice mirándome a los ojos, tomando mi mejilla y dándome un beso.


Yo me levanto, lo tomo de la mano y nunca me sentí más valiente y tranquila, yo tampoco estaba pensando en nada y él lo sabía. No había nada en que pensar, nos subimos a la camioneta.


Marco manejó hasta una gasolinera y le llenó el tanque. Yo, saqué la Guía Roji y puse mi dedo en un mapa que pille primero, cayó en un pueblito de Guanajuato y hacía allá vamos.


-¿Puebla?. ¿Qué hay en Puebla, Sadi?- pregunta Marco, con un poco de tedio.


-Fue la suerte la que decidió, pudo haber caído en Tizayúca...- digo yo, con un poco de risa entre palabra y palabra.


-Es la misma cosa, en realidad no existe ninguno de los dos lugares, son un capricho en el mapa. Pero, ¡ahí vamos!- dice él un poco más animado.


Las carreteras siempre me habían parecido tristes. No sé, me dan un sentimiento encontrado, por un lado las ganas de salir y por el otro, ganas de volver a casa. Y en realidad me gustan las carreteras, en especial esos tramos en los que el único recuerdo humano es la misma carretera, todo parece intacto, todo se ve tan simple.


-Oye, ¿imaginaste alguna vez ir a San Pedro Cholula?, seguro que te morías por ir e inventaste eso del dedo- dice Marco riendo. Yo le hago una mueca, él estira su mano derecha y de un empujón me avienta la cabeza hacía el respaldo. Lo veo sonreir sin quitar los ojos del camino.


La mitad del camino estuve viéndolo sin que se diera cuenta, placer extraño. Sus ojos raros y sus chinos harían cruzar la calle a quien lo tuviera enfrente pero eso era como un escudo. Yo lo veía diferente. Mi mamá tenía un cuentito para explicar a Marco; -el perfume caro en frasco de Gerber- y alargaba las erres en la palabra Gerberrrrr, -indudablemente parecerán miados-, poniendo el punto final asintiendo con la cabeza una sola vez. A mí me daba mucha risa, era de sus mejores actuaciones. Mi madre siendo una señora copetuda nunca hubiera entendido. A mi nunca me faltó nada pero podía ver más allá de su simple aspecto. El corazón de Marco era tremendamente grande y luminoso. Seguro que lo que más le molestaba a mi mamá era el hecho de que no me afectaran sus comentarios, siempre me parecieron graciosos.


-¡Mira los volcanes!- gritó Marco, despertándome. Yo volteo y el día más despejado no pudo ser, por un lado el Izta, del otro el Pópo.


-¡Nunca los vi tan bonitos Marco!- digo emocionada -párate para tomar unas fotos, ándale-


-¿Aquí? ¿Así? ¿Ya?- dice Marco extrañado pero listo a pararse.



Me bajo yo primero del coche, estacionado al lado de la carretera y pienso que es chistoso porque no estoy acostumbrada a ver los volcanes del otro lado. El Izta a la derecha y el Popo la izquierda, a veces nos acostumbramos a ver el mundo estático...


Marco me toma de los hombros y camina de tras de mi, con la cabeza entre sus brazos, viendo al piso. Nos sentamos en una piedrota con los volcanes de frente, los dos nevados casi hasta la mitad.


-Quédate así, no te muevas- le digo a Marco y se mueve entre sonrisas. Luego él se levanta y me abraza, me toma de la mano y caminamos a la camioneta.



Seguimos la carretera, callados, el radio prendido. De repente tarareamos cachos de canciones, la tarde pasó muy tranquila.


. . .



Al abrir los ojos unas luces me lastiman y un ruido agudísimo que ensordece todo lo demás, es lo único que percibo, no sé que pasó, no recuerdo. Me siento hinchada de la cara y poco a poco la cabeza me revienta de dolor. Intento moverme para ver que pasa, pero agujas al rojo vivo se insertan en mi espalda y lagrimas salen de mi ojos. Las luces de la camioneta me dan directo y alcanzo a ver a Marco en el volante pero no se mueve.



La camioneta volteada y Marco ahí con ella, lleno de sangre, creo que lo oigo respirar. Me explota la cabeza, no puedo pensar en nada, estoy en blanco, no entiendo.


-¡Marco!- grito entre dolor y desesperación y no me contesta. Muevo mi brazo izquierdo hacia él pero no lo alcanzo, está muy lejos.


-¡Marco, despierta!- y no hay nada cerca, nadie cerca.


Comienzo a oí un ruido de coches, es como un camión. -¡Aquí, ayuda!- digo casi entre suspiros.


Volteo de nuevo a Marco y lo veo moverse, está tosiendo.



-¡Marco, no te muevas, ya viene alguien!- murmuro y siento que mis piernas se duermen junto con un dolor insoportable, como si me jalaran las piernas y se fueran a desprender de mi cuerpo. Mi cara está llena de lagrimas y sangre, no distingo bien ahora pero ya veo más luces que se acercan.


Es un camión, de pronto lo pierdo de vista y cierro los ojos, estoy cansada aun oigo a Marco respirar.


Abro los ojos porque escucho al camión cerca pero la maquina del motor está haciendo ruidos fuertes, muchos ruidos. Rechinan las llantas del camión y no entiendo porque tanto alboroto, el ruido se hace aún más fuerte y el camión no se detiene.


Volteo a ver a Marco que abre los ojos y me ve... No se va a detener el camión.


Casi entre flashes veo como el tráiler choca con la camioneta y ambos salen disparados hacia un lugar que yo no veo.


No veo, no quiero cerrar mis ojos, no quiero dejar de sentir. Ya no me duele, de nuevo el sonido agudo que me aparta de todo lo demás. No quiero cerrar los ojos.



. . .


-Sadi, despierta... Soy Marco- me dice al oído. Abro los ojos y de nuevo la luz me hastiaba pero es una luz diferente.