29 mayo, 2014

Hoja blanca

Muchas veces en los últimos años me he enfrentado a las hojas blancas. Esa textura áspera y reseca, esa blancura altiva, celosa. Siento una ligera tristeza de recordar cuántas hojas blancas he tenido enfrente, ni siquiera un álamo tira tantas en otoño.

Antes pensaba que lo correcto era que estuvieran llenas de letras pero cuando las letras se escapan corriendo... Es difícil esa persecución, ese pequeño forcejeo, inútil y sobre todo cansado.

Pensé que nunca me iban a faltar ideas, hasta que me faltaron y aún entonces, pensaba que iban a volver.


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Recuerdo que hace varios años decidí que iba a escribir sobre un momento que parecía especial. Estaba yo en un campo, el cielo azul, pasto amarillo pero sobre todo, un viento que soplaba constante, uno que podía jugar con los remolinos de polvo que se iban levantando. Sobre ese campo de suelo irregular, se levantaban también unos marcos rectangulares pintados de blanco. Pensé que ese era un buen momento y que escribiría de él como un recuerdo especial, la verdad es que no tenía nada de especial, salvo que yo lo escogí. Escogí ese donde estaba solo y nunca me ha vuelto a la mente escoger otro, sólo ese.

Me gusta no haberme visualizado de alguna manera más concreta, es decir, solo pensaba en que escribiría sobre ese momento. Me hubiera generado la expectativa de tener que cumplir un sueño más. Creo que en ese momento me gustó la idea por ser tan sencilla, no fui prejuicioso y me evité la pena de la desilusión.

De forma peculiar, en ese momento solo estaba seguro de una cosa que en el futuro escribiría.
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Esa misma idea es la que utilicé para vencer a la ultima hoja blanca con la que me crucé y no era de álamo, era una de papel... Bueno, era una hoja de papel figurativa porque yo no escribo en papel de verdad y ciertamente el primer párrafo solo lo imaginé, lo resaltable es que en realidad si conozco el papel y que ese párrafo está medianamente bien escrito. 

Ésta es mi primer batalla ganada desde septiembre de 2012.