13 septiembre, 2012

-Tururú- Próxima estación...

En realidad a veces no me siento yo, especialmente en el metro, me convierto junto con otros en una bola de piel y pelo, que transpira, que respira, que sufre un poco por la presión, presión de  no tocar a las otras partes de nuestro cuerpo sin forma, sin tiempo, sin fin. Sufro al desmembrarme como en una fisión binaria, veo como se replica nuestro ADN, como se segregan los cromosomas y en una citosinesis baja un yo nuevecito del vagón del metro. Salir como recién nacido es lo más difícil, nuevo en el mundo y por primera vez en la estación, ¡si que debe ser complicado!.

Siempre veo a todos tan ocupados por ser ellos mismos. Unos en lectura colectiva con el periódico de algún incauto, otros con audífonos queriendo no estar en donde están, tan ajenos al metro como ellos mismos de si mismos, otros que solo piensan, otros que se quejan de estar parados o sentados o apretados o por el calórico y rico sauna natural, otros hablan con sus compañeros de lado a lado del tren, otros se empujan molestos, otros como columnas con la mano en el techo, otros viendo para todos lados tan interesados en los demás que arquean las cejas para mirar un poquito más.

En todo ese trance, deje de ser todo lo que fui para convertirme, un poco, en viajero de metro, en uno que aún estando ahí, juntísimo a otras cien personas, no quería (por no poder) estar en otro lado. Ningún otro viaje hubiera sido tan entero como ese, tan revelador y sencillo. Compartimos tantas cosas ahí que me es difícil bajarme, fuimos uno unos segundos, unos minutos nuestro destino, que siendo el mismo o no, sólo era convencernos de que somos una milésima más humanos, que podíamos oír lo que pensábamos como el no-yo que eramos, sin embargo me tengo que bajar derrotado por tener que volver a ser un yo en mi mismo. Y me bajo sin decir siquiera gracias o algo más inteligente.

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